ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL
La sensación de lejanía y la propia situación que vivimos en nuestra muy peculiar coyuntura como país ha sido una de las causas que nos permiten ignorar el drama de los refugiados que hoy huyen del infierno de la guerra, del autoritarismo, del hambre y de la pobreza y tocan con desesperación a las puertas de una Europa en muchos casos reacia a abrirlas pese a las leyes de asilo imperantes en la Unión Europea. Provenientes de Asia, África, del Medio Oriente, solamente en Alemania, el país más abierto a recibirlos, se calcula que a fines de año habrá acogido unos 800 mil. La tragedia de las pateras (lanchas) que se hunden en el Mediterráneo con un saldo de miles de víctimas, el viacrucis de miles de sirios retenidos en Hungría o la determinación de los marroquíes que desde las alturas del Monte Gurururú, esperan el momento para bajar y franquear la barrera que les impide el paso a la ciudad española de Melilla, a pesar de lo sensores electrónicos, las luces de alta intensidad, las videocámaras de vigilancia y los artilugios de visión nocturna, dan cuenta de que no sólo las antiguas colonias les pasan factura a las antiguas metrópolis, sino también que los conflictos regionales (provocados muchas veces por potencias geográficamente fuera del área) inevitablemente alteran la paz y la flacidez de la prosperidad que reina en los países cinco estrellas del norte. Ocurre, sin embargo, que muchos de esos emigrantes, rechazados y deportados a sus país de origen, lo vuelven a intentar, tal y como ocurría también con aquellos jornaleros mexicanos, "los camisas mojadas", que constituían la mano de obra barata para los cultivos de California y que después de uno, dos o tres tentativas, finalmente burlaban los controles. CLIC AQUI para seguir leyendo...
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