Alexander Cambero / Noticiero Digital
Un niño es expulsado de Venezuela como si habláramos de un delincuente de alta peligrosidad. Tomó un juguete de plástico para partir como proscrito de una causa que no entiende. Su rancho terminó en el piso desnudo de oportunidades. Quebraron sus ilusiones obligándolo a buscar cobijo en la otra orilla. Como éste, miles de episodios de una medida odiosa; absolutamente envuelta en el espíritu ruin que caracteriza al desgobierno que tenemos. Seres humanos a los cuales se somete a la humillación xenófoba de una tiranía cada vez más rupestre. Con una cerca el régimen pretende separar a Venezuela de Colombia. Ignoran que las dos patrias viajan en las venas de millones de ciudadanos que son herederos del sueño integracionista de Simón Bolívar. Un cerrojo de púas que busca crear mayores conflictos en una zona convulsa. Los sueños atraviesan las resbaladizas piedras del río Táchira. Nicolás Maduro arremete contra su patria. Es la tétrica historia del mal hijo que levanta el cuchillo para rebanar el cuello de su progenitor. ¿Se puede creer en alguien que atenta contra sus raíces? Quien insulta los huesos históricos de su origen, es capaz de las más horrendas propuestas de barbarie. Desconocía Colombia que su agresor era precisamente un hombre nacido en un sector humilde de Cúcuta. Una verdadera tragedia griega en tiempos de modernidad. Solo que la maldad es la vieja hechicera que resiste los designios del tiempo, sabiéndose acomodar al viaje brumoso de los calendarios. Muchas historias se tejen en la lánguida mirada de los humillados. Hemos visto uno de los hechos más tristes del cual tengamos memoria, un gobierno profundamente perverso busca quedarse en el poder. No importándole la suerte de los débiles, su motivación particular es imponer su modelo primitivo de tropelías. CLIC AQUI para seguir leyendo...
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