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WILLIAM OJEDA
En Twitter @williamojeda
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Rosales venció el desaliento, reunificó la oposición y en una campaña marcada por la audacia y el coraje se metió en los vedados territorios de la pobreza y la marginalidad Roberto Giusti (extracto del libro Firme y Claro)
Cuando en el año 2004, por las maniobras del régimen y la desesperanza general de la población, fracasaron todas las propuestas de la alternativa en las gobernaciones del país, a excepción de la insular, el Gobierno solo fue derrotado en una trinchera.
Pero no era cualquier lugar, se trataba de la región electoral más grande de Venezuela. El territorio más apetecido por los rojos, resultaba esquivo a las intenciones de la boina. De repente la Nación se dio cuenta que un hombre había logrado la hazaña de hacer morder el polvo de la derrota al sectarismo instalado en Miraflores.
A pesar de que el cogollo rojo estaba crecido por cuanto se había salido con las suyas en el referéndum revocatorio presidencial del 15 de agosto de ese año.
Sin embargo, en aquel lugar tan significativo de Venezuela, en el Estado Zulia, los del cogollo colorado se habían topado con una muralla… allá salieron con las tablas en la cabeza.
A partir de entonces muchos venezolanos comenzamos a ver, a analizar y a estudiar al protagonista de aquella proeza, y es ahí cuando nos encontramos con la figura combativa de Manuel Rosales.
Al poco tiempo descubrimos que estábamos ante un personaje de dimensiones colosales: un tractor de trabajo fuera de serie, hombre de palabra y de brega, combinado con una especie de gerente agudo que muestra la mayor eficiencia de gestión pública que haya conocido la contemporaneidad venezolana.
Luego vino 2005 y las elecciones parlamentarias, momento cuando cundió en el país la anomia, la desilusión, y casi la entrega de la sociedad a las fauces del "estatismo feroz".
Pero al poco tiempo aquél hombre que había salvado la honra democrática en 2004, se encargaría de reanimar a la sociedad plural.
En 2006, Rosales, con una energía inconmensurable y una dedicación propia de un apostolado, protagonizó en 75 días la campaña más espectacular de la que se tenga noticia. Con gallardía reconoció un resultado adverso, a conciencia que con su gesto estaba conquistando un gigantesco logro político: recuperar el valor del voto como instrumento de cambio social.
Cuando en el año 2004, por las maniobras del régimen y la desesperanza general de la población, fracasaron todas las propuestas de la alternativa en las gobernaciones del país, a excepción de la insular, el Gobierno solo fue derrotado en una trinchera.
Pero no era cualquier lugar, se trataba de la región electoral más grande de Venezuela. El territorio más apetecido por los rojos, resultaba esquivo a las intenciones de la boina. De repente la Nación se dio cuenta que un hombre había logrado la hazaña de hacer morder el polvo de la derrota al sectarismo instalado en Miraflores.
A pesar de que el cogollo rojo estaba crecido por cuanto se había salido con las suyas en el referéndum revocatorio presidencial del 15 de agosto de ese año.
Sin embargo, en aquel lugar tan significativo de Venezuela, en el Estado Zulia, los del cogollo colorado se habían topado con una muralla… allá salieron con las tablas en la cabeza.
A partir de entonces muchos venezolanos comenzamos a ver, a analizar y a estudiar al protagonista de aquella proeza, y es ahí cuando nos encontramos con la figura combativa de Manuel Rosales.
Al poco tiempo descubrimos que estábamos ante un personaje de dimensiones colosales: un tractor de trabajo fuera de serie, hombre de palabra y de brega, combinado con una especie de gerente agudo que muestra la mayor eficiencia de gestión pública que haya conocido la contemporaneidad venezolana.
Luego vino 2005 y las elecciones parlamentarias, momento cuando cundió en el país la anomia, la desilusión, y casi la entrega de la sociedad a las fauces del "estatismo feroz".
Pero al poco tiempo aquél hombre que había salvado la honra democrática en 2004, se encargaría de reanimar a la sociedad plural.
En 2006, Rosales, con una energía inconmensurable y una dedicación propia de un apostolado, protagonizó en 75 días la campaña más espectacular de la que se tenga noticia. Con gallardía reconoció un resultado adverso, a conciencia que con su gesto estaba conquistando un gigantesco logro político: recuperar el valor del voto como instrumento de cambio social.







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